Temblando como siempre hago cuando estoy demasiado nerviosa por la verdad, le sigo por el edificio hasta llegar hasta su habitación. Entramos y sé lo que busca, el amor lo arregla todo, o al menos facilita la verdad. Avanzo por la habitación y busco la cama, me mira y me besa, recorre cada centímetro de mi piel delicadamente, quiere que sea especial. Esta vez tiemblo como cada vez que se acerca a mí, como si fuese la primera vez, tiemblo porqué sí, porque no hay explicación, o tal vez la razón es que siempre es especial y diferente para mí, por tanto siempre tiemblo de nervios, de ilusión.
Me
tumbo encima besándole, acariciándole, quiero comérmelo a besos. Poco a poco
nos quitamos las prendas y dejamos que el amor siga su curso, que las pasiones
nos dominen y que el río continúe su camino. Sí, definitivamente cada vez es
única y especial para mí. Maldita sea, me tiene enamorada de la cabeza hasta
los pies.
Recorro
su espalda con los dedos notando la suavidad de su piel, es tan perfecto. Me
agarra y me besa, me mira y cierro los ojos, sin poder evitarlo, pero sonrío
como siempre hago. Es una sensación tan agradable hacer el amor con él, que no
la cambiaría por ni el mayor tesoro del mundo.
Se
tumba a mi lado, nos quedamos así, unos minutos recuperando el aliento, pero
tímidamente vuelve a ponerse su ropa interior, me levanto y hago lo mismo, le
miro, algo va mal y lo sé.
-¿Qué
ocurre?
-Nada
-Venga,
¿qué pasa?
Se
tumba en la cama de nuevo, vamos a hablar seriamente. Se tumba entero, con la
cara mirando a la almohada, avergonzado, preocupado…
-¿Qué
ocurre?- vuelvo a preguntarle.
-Estoy
preocupado, llevamos mucho tiempo, y siento que te he descuidado. Tú no te
mereces a nadie que te descuide.
-No
pasa nada… - aparto la mirada porque por nada del mundo quiero decirle que es
cierto que lo ha hecho.
-
A veces quiero ser libre. Estar soltero y poder hacer lo que me apetezca.
-Sabes
que puedes hacer lo que te apetezca, yo nunca te retengo ni te limito.
-Sí,
pero también quiero a alguien como tú a mi lado, eres tan buena, joder me haces
quererte, es que te quiero demasiado.
-Nunca
se quiere demasiado, se quiere y punto.
-Te
quiero y punto.
Le
sonrío y le beso, juro que nunca encontraré a nadie como él. Nunca en lo que me
queda de vida podré enamorarme de la manera en la que lo estoy de él.
Respiro,
y entrecortadamente, temblando y tartamudeando le digo algo que me molesta
realmente.
-A
veces, creo que has dejado de tratarme como a una amiga, solo te centras en que
soy tu novia, y no es así, ante todo siempre seré tu amiga, y sé que no te
gusta estar excesivamente acaramelados y juntos cuando estamos con nuestros
amigos porque como ambos pensamos es una falta de respeto, pero puedes estar
tan amistosamente conmigo como lo estás con el resto.
-Es
cierto, creo que me he olvidado de que además de mi novia eres mi amiga…
-Lo
sé…- el temblor no va a cesar nunca.
Nos
callamos por un rato, oyendo como nuestros corazones quieren salírsenos del
pecho.
-Te
quiero muchísimo, ¿Tú quieres hacer tres años conmigo?
-Cielo,
quiero hacer tres, cuatro, cinco, diez, veinte, doscientos…
No
puedo evitarlo, sé que he tocado el iceberg, se echa a llorar al tiempo que yo
también.
-Es
que quiero casarme contigo, vivir contigo, tener hijos contigo, es que te
quiero conmigo para toda la vida, pero nos ha pillado muy pronto, empezamos muy
pronto… Si te hubiese conocido con diecinueve o veinte años nunca te dejaría
ir, pero nos ha pillado muy pronto…
No
puedo parar de llorar, ¿Cuantos hombres te miran a los ojos y te dicen que
querrían pasarse la vida contigo con tan solo dieciséis años? Ninguno. Es único
y yo le tengo para mí, pero no puedo retenerle, no, eso no es lo que yo pienso
de las relaciones, y no puedo obligar a alguien a que la primera chica con la
que está en serio sea su media naranja para toda la vida. No puedo hacerle eso.
Me armo de valor y se lo digo, se lo digo por su bien.
-Voy
a decirte la cosa que más miedo me da ahora mismo. ¿Quieres dejarme?
-No,
no, no, no. –continua diciendo durante unos minutos, enloquece por momentos, no
quiere perderme -no te vayas de mi vida,
no te vayas por favor- se aferra a mí para que no pueda escapar. Nunca iba a
dejarle, le abrazo fuertemente y comienzo a acariciarle el pelo atrayéndole
hacia mí y acunándole. ‘Shhh shhh, tranquilo’ le repito. ‘No voy a irme a
ningún lado’.
Nunca
le había visto llorar así, parecía que iba a morir deshidratado, no podría
jamás apartarle de mi vida.
Al
calmarse la situación ambos nos acurrucamos, comienza a decirme las cosas más
bonitas que nunca me había dicho. Estaba convencido de que yo era la mejor
chica que jamás había conocido, que era estupenda y que nunca querría a nadie
como a mí. Que me hacía querer con mi actitud, con mi personalidad, que por ser
yo, ya me quería.
-Podemos
dejarlo si tu quieres, pero no voy a darte tiempos, o todo o nada, yo no doy
tiempos a nadie, no soy un juguete que se pueda usar. –vuelvo a repetirle.
-Nunca
le des tiempos a nadie, en serio, nunca, acabe como acabe nuestra relación
nunca le des tiempos a nadie, ni siquiera a mí. Eres demasiado maravillosa como
para que te traten así. Eres muy valiente por todo esto.
Y
así pasamos minutos y minutos llorando, el uno junto al otro abrazados, pero
queriéndonos y enamorándonos uno del otro más de lo que estábamos antes.
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No
sé cómo serán el resto de relaciones, no sé lo que el resto del mundo sentirá
al estar enamorado, pero ahora sé que esas malditas películas románticas de las
que tantos ideales he sacado, son reales, que estas conversaciones se tienen de
verdad y que las personas pueden llegar a amar tanto que sean capaces de querer
pasar toda la vida juntos aun siendo muy jóvenes. Llamadlo locura, juventud,
tontería, pavo o como queráis, pero me gustaría saber cuántos seríais capaces
de poneros delante de esa persona a la que amáis, mirarla a los ojos y sin
dudar un segundo, sin echarse atrás, decirla que puede terminar con la relación
a pesar de lo que os queréis, solo para que pueda seguir viviendo su vida dada
la prematura edad que tenéis.